13.5.15

LAS CALLES DE MALARRUINA

Las calles de Malarruina,
hechas de hastío y tabernas,
amparan cuatro mil cuerpos
viviendo de la crudeza.
Martín Guerra, veterano
de alguna que otra reyerta,
ensordece la avenida
mientras cabalga la Vespa
y, tres esquinas más tarde,
Dolores está a la espera,
sintiendo subir el frío
por sus piernas de gacela.
En la plazuela dos hombres
guardan algo en la cartera;
de la plazuela dos hombres
se van. Cantan las sirenas.
Muere el chirriante sonido
en cuanto la bofia frena;
rastrean sin hallar rastro
de aquel polvo color perla.
Como solía decirse,
en Malarruina no nieva
pero la nieve no falta.
Subiendo una rúa estrecha,
parada en un cantón,
Dolores se desespera
y de las profundidades
de su bolso color cebra,
al final decide coger
un pintalabios magenta.
A menos de una manzana,
detiene el motor Guerra.
Lía un poco de tabaco
y cruza la carretera.
Los dos hombres mientras tanto,
ven a una dama en la acera.
Tiene el cutis nacarado,
boca entre fucsia y violeta;
la invitan a irse con ellos
mas, están vacías las carteras.
Se muestran muy insistentes,
pero Dolores se niega.
Uno le prende los pechos,
otro toma sus caderas,
Dolores quiere gritar,
un grito que nunca llega.
Unos metros más atrás,
Guerra contempla la escena.
Los dos hombres lo señalan,
los dos hombres se le acercan.
Martín Guerra no se achanta;
con su aliento de ginebra
les advierte que se marchen.
Uno de ellos lo golpea,
filos de acero sediento
y comienza la refriega.
Baila a destiempo la sangre,
la trifulca se acrecienta;
se ha esfumado la mujer,
con sus labios tan magenta.
Gemidos pueblan la calle,
cuando se oye la sirena.
Dos cadáveres y medio
y restos de polvo perla.


Alberto Fadón, 2ºBACH. Ganador del Premio Literario "Gerardo Rovira" 2015, en su modalidad de Poesía.

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