19.6.14

POR dEFECTO


“Se trata de una situación de máxima urgencia”. Con ese reclamo, proporcionado por el jefe de estudios del instituto mediante una llamada de teléfono, acudí a la sala de reuniones del centro, a las cinco y media de la mañana. Según nos informaron, la noche anterior, un alumno había muerto tras ser atropellado por un automóvil. Todo esto en presencia de otra estudiante que iba a necesitar asistencia psiquiátrica. En otras palabras, se avecinaban largos discursos en honor al fallecido, acompañados de más de una charla sobre seguridad vial. Debíamos lucir caras largas y apoyar a los afectados.

La muerte de aquel chico, el cual había sido alumno mío años atrás, cambió mi percepción de la realidad. El instituto empezó a parecerme una selva. Indiferente ante la muerte de uno, pues ya llegarían más. Los profesores nos llenábamos la boca con castigos y expulsiones, creyendo que cumplíamos con nuestro deber, cualquiera que fuese. Orientábamos a los hombres del mañana ignorando el presente. Fingiendo usar el lenguaje de signos.

Las cosas debían cambiar, mas ¿quién daría el primer paso? Aquellos bastardos me lo pusieron en bandeja. Eran tres y juntos arrinconaban a otro colegial al que doblaban en tamaño. Debía intervenir. Les llamé la atención y lo que obtuve fueron carcajadas, escupidas hacia mi persona. “Solo  hablamos de nuestras cosas, tío. Relájate”. Les amenacé con dedicarles una amonestación estudiantil a cada uno, si no dejaban a su compañero tranquilo. De nuevo, carcajadas. Llevaba demasiado tiempo sin imponer respeto. “Venga, corre a ponernos la puta amonestación. O mejor, expúlsanos. Estoy harto de esta mierda”. Aquella escoria provenía de los bajos fondos, donde se codeaban con pandilleros, pasando drogas y consumiéndolas. No me convenía enfadarles, pero aquello fue lo último en lo que pensé. “¿Y bien? ¿Qué vas a hacer? ¡Vamos!” Dijo uno de los abusones antes de propinarme un empujón. Tras tropezarme con otro alumno, caí al suelo, con el trasero por delante. No oí las risas del resto de estudiantes que ocupaban el pasillo, para entonces, la ira me había cegado. Cuando me dieron la espalda para volver a atosigar al otro muchacho, fue mi oportunidad. En medio segundo ya estaba de pie, agarrando a uno de ellos para girarle y ponernos frente a frente. Recibió el puñetazo más enérgico que un cincuentón en baja forma física puede armar. Aun así, le partí el labio superior. Me abalancé sobre él soltando espuma por la boca y exhalando vitalidad. Sus dos cómplices se alejaron de la escena sin poder creer lo que estaban viendo. Enseguida me convertí en una atracción de feria. Un par de minutos después, aparecieron tres bedeles, pero hicieron falta cuatro para separarme de aquel montón de basura y evitar que lo matara a base de golpes. Me llevaron, prácticamente arrastrándome, al despacho del director. Pasé la noche prestando declaración en comisaría. No había sido un acto de justicia. Era la ley de la selva. Si ese joven, o cualquier otro, no podía defenderse, yo lo haría por él.

Regresé al lugar de los hechos varias veces tras estar recuperada oficialmente. El asfalto había recuperado su color oscuro original. Las salpicaduras de sangre habían desaparecido, al igual que la comida que devolví cuando contemplé el despojo de carne en el que se había convertido Rubén García.

El conductor del coche que lo arrolló no se detuvo un instante. Siguió su camino, impasible, hasta desvanecerse en la oscuridad. Fui yo quien tuvo que acercarse a la víctima, entre mareos y nauseas, a comprobar si todavía respiraba. Fui yo quien tuvo que ver como Rubén nadaba en un charco de sangre, formado por el puré de órganos que expulsaban todos los orificios de su cuerpo. Fui yo quien tuvo que explicarle a los sanitarios y autoridades lo que había ocurrido, esculpiendo cada horrorosa especificación con expresiones de andar por casa. Fui yo quien tuvo pesadillas con los ojos de aquel moribundo. Esos ojos impregnados de tristeza y resignación. Fui yo quien sufrió numerosos ataques de ansiedad, ya pasado el incidente. Quien en apenas diez días se había reunido con ocho psicólogos diferentes. Odié a ese desgraciado por haber muerto delante de mí, una desconocida, y condenarme a lo que era mi nueva existencia. También me odié a mí por pensar de esta manera. Pero no lo podía evitar. Ya no podía evitar nada.

Por eso, seis meses después, me alegré de volver al instituto. Echaba de menos las conversaciones vacías con mis compañeros de clase, ir al cine con mis amigos, asistir a fiestas y botellones... Echaba de menos mi vida. Fui una estúpida al creer que nadie preguntaría. Que me darían los buenos días y todo volvería a ser como era. “Lo has tenido que pasar fatal...” “¿Y el muy cabrón siguió conduciendo?” “Por lo que me han contado, el cuerpo estaba hecho una pena”. Querían sentir el morbo, la sangre correr por sus venas, como yo lo hice aquella noche. Por suerte para ellos, me guardé todos los horrendos detalles que pude.

En los recreos, huía de esa marabunta de cuestiones inadecuadas escondiéndome en la biblioteca, a menudo casi desierta. Normalmente siempre me topaba con el mismo chico de cabello rubio y ojos claros. Parecía débil, hecho de cristal. En una de estas escapadas, se acercó a mí para preguntarme: “¿Sufrió?” Sabía a quien se estaba refiriendo. No fui capaz de responder. Capté algo en su mirada. En ella reconocí a Rubén, postrado ante mí en su lecho de muerte, conocedor de su destino. El muchacho abandonó la biblioteca sin obtener su contestación. Horas después, se quitó la vida, tras segar otras tres, usando un arma de fuego. Al parecer, se trató de un ajuste de cuentas.

Después de tanto tiempo, aquellos ojos que había visto morir meses atrás, todavía me perseguían. La muerte, todavía me perseguía. Parecía que Rubén no quería apartarse de mi lado. Me cortaba la respiración. “¿Sufrió?” Pues espero que sí.

Cuando la vi no pude evitar preguntarme qué estaba haciendo allí, paseando por una calle solitaria, ya cerrada la noche. Por mi parte, regresaba a casa de visitar a mi abuelo en la residencia en la que mis padres le habían encerrado. Me había despistado con la hora y debía volver al hogar lo antes posible. A ciencia cierta, no nos conocíamos, tan solo compartíamos instituto. Ni siquiera sabía su nombre, pero creí que, quizá, agradeciera mi compañía. Yo habría agradecido la suya, desde luego. Las visitas al abuelo siempre me dejaban apenado y melancólico. Tan solo quería intercambiar unas palabras amables con otro semejante, nada más. Una carretera nos separaba. Si quería hablar con ella, tenía que cruzar el desfile de alquitrán, y pronto, pues comenzaba a dejarme atrás. Troté hacia la chica. Desgraciadamente no tuve tiempo para alcanzar mi objetivo, debido a que una fortaleza de cuatro ruedas, a una velocidad excesiva, me hizo volar por los aires. No había llegado a la otra acera, pero me iba directo al otro barrio.

Para cuando mi cuerpo tocó suelo, ya notaba tripas subiéndome por la garganta. Mi vista estaba nublada y lo único que podía oír era un agudo pitido que me impedía pensar en lo que acababa de ocurrir. Miré a aquella chica, de identidad desconocida, mientras corría hasta llegar a lo que quedaba de mí. Devolvió a escasos metros de lo que pronto sería mi cadáver. Intenté pedirle ayuda, sin conseguir articular palabra. Ambos sabíamos que me encontraba al filo de la muerte, la cual estaba a minutos de alcanzarme. Observé cómo la muchacha intentaba describir el accidente por teléfono y así pedir una ambulancia. Estaba llorando. No por mí, sino porque pronto se quedaría a solas con un fiambre esparramado a sus pies. Noté algunos huesos rotos desgarrando mi piel, saliendo a la superficie, buscando aire fresco. Llegado este punto, ni siquiera sentía el dolor. Quería dormir, pero era incapaz de cerrar los párpados. Deseaba mi propia muerte, a la que siempre había temido. Poco después, ya ni siquiera hizo falta cerrar los párpados. No podía ver ni escuchar nada. Me había desprendido de mi cuerpo, un amasijo de células sangrantes. Solo quedaba una cabeza flotante que no flotaba, que besaba el suelo. De pronto, a lo que podría decirse que era mi mente, no más que un cementerio en llamas, vino el nombre de la chica que había vomitado mientra me moría. Enseguida lo olvidé.

Pasaron varios días hasta que por fin le concedieron la libertad condicional al profesor que me había librado de un nuevo enfrentamiento contra unos matones del instituto. Sin embargo, esta le duró poco pues, la misma noche que se alejó de los calabozos, una panda de gánsters de pacotilla se presentaron en su puerta. Le rajaron la garganta y orinaron sobre su cadáver.  Fueron detenidos gracias a esas muestras de ADN. Todos aparecían en la base de datos de la policía y entre los arrestados estaba el padre del chico al que el maestro había golpeado. El pobre hombre había muerto por protegerme. No iba permitir que aquello quedara así.

A mucha gente le habría parecido exagerado que fuese a tirar mi vida por la borda para vengar la muerte de aquel profesor. Poco me importaba. Era ignorado, tanto en casa como en el instituto. Obtenía notas pésimas y no contaba con ningún amigo. Daba igual que muriese o que me encarcelaran. Acabaría con esos parásitos.

A pesar de todo lo acontecido, los muy cerdos siguieron con su rutina habitual, humillarme. “Y ahora que no está tu novio para ayudarte ¿qué harás?” “Te hizo sentir toda una niñita guapa ¿verdad? Tu héroe...”. Fue fácil aguantar las burlas. Les acabaría pasando factura.

Acudía a la biblioteca del instituto para barajar ideas. No tenía ningún tipo de prisa. Tardé bastante tiempo en decidirme a actuar. Finalmente, antes de irme a clase, sabiendo que ese sería el día, bajé al sótano de mi casa, donde mi padre escondía su revolver de calibre 36, que guardaba para proteger a nuestra familia. Yo le daría un mejor uso. Fui una última vez a la biblioteca, como despedida. Allí encontré a la chica que presenció el fallecimiento del alumno que había sido atropellado hacía ya varios meses. Ella ya conocía el horror que yo estaba a punto de experimentar, la muerte. En mi caso, por iniciativa propia. No pude evitar acercarme y preguntar: “¿sufrió?” La niña me miró como si fuese a decapitarla allí mismo. Abandoné el lugar, furioso.

Pregunté en conserjería en qué aula se encontraban los estudiantes a los que estaba a punto de aniquilar. Me proporcionaron la dirección muy amablemente. Entré tranquilo en la sala, con paso firme.  El profesor a cargo del grupo quiso saber cuál era el objeto de mi visita. Respondí sacando el arma que guardaba en el bolsillo de mi chaqueta. Ovación del público. Me tomé unos segundos para deleitarme con la cara de absoluto terror que mostraban mis futuras víctimas. Sonreí mientras le volaba la cabeza a la primera de ellas. Al poco, empezaron a escucharse carreras y gritos en el pasillo. Le ordené al profesor que me entregara la llave del recinto, con la cual cerré la entrada, aprisionándonos a cal y canto. La segunda baja recibió un tiro en el pecho. No la rematé, dejé que se desangrara. La última de ellas perdió el rostro gracias a un par de tiros en sus globos oculares. Cuando consiguieron derribar la puerta, yo saboreaba el frío acero de la pistola y mis dedos bailaban con el gatillo. La bala arrasó mis perturbados pensamientos.

Nunca me había sentido tan realizado.


Jorge Vicente, 4ºESO. Ganador del Premio Literario "Gerardo Rovira" 2014, en su modalidad de Relato.

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