29.4.14

DIARIO DE UNA MALTRATADA


Aún recuerdo cuando me enamoré, aquellos tiempos en los que la felicidad era mi forma de vida, mi día a día.
Solo deseaba pasar cada minuto junto a él.
Pero llegó el día en que todo cambió.
El hombre que en su día me robó el corazón, hoy me roba mi dignidad. El hombre al que le pertenecían mis sonrisas, hoy le pertenecen mis lágrimas. El hombre al que esperaba impaciente, hoy solo deseo que no entre por la puerta de casa.
Todo se trastocó en el momento mismo en que intercambiamos los anillos.
Yo creía que él tenía razón, que yo todo lo hacía mal, que no sabía nada. También suponía que él me seguía queriendo; sus “caricias” se hicieron más duras, sí, pero para corregir mi conducta.
Dejé de pensar por mí misma, simplemente repetía sus palabras y opiniones. Me obcequé tanto en querer ser la mujer perfecta para él, que desaparecí como persona.
Con el tiempo, los moratones y las magulladuras fueron cada vez más difíciles de ocultar.
Dejé de salir de casa, de verme con las amigas e incluso dejé de visitar a mis padres, por miedo de que adivinasen lo que estaba pasando.
También olvidé los espejos porque me recordaban continuamente con quién vivía: con un monstruo.
Pisé tantas veces el hospital, todas ellas con excusas diferentes, que tuve que empezar a curarme yo misma las heridas que él me provocaba. Heridas que nunca cicatrizarían y menos la de mi corazón; imágenes que no dejaría de recordar; insultos que escucharía por siempre en mi cabeza.
Cada una de las secuelas que me dejó mi maltratador -eso es lo que era- me seguirán hasta el último de mis de mis días.
Pero dije "¡basta!" Me marché y abandoné toda una vida de sufrimiento.
Ahora, el monstruo está en la cárcel.. Y yo aquí, con cicatrices, pero viva.
He pasado frente a esta hoja en blanco mucho tiempo, sin saber qué poner. Hasta que hoy, por fin, he tenido fuerzas para escribir la verdad sobre mi vida.
Con esto pretendo animar a las mujeres, que como yo, permiten que hieran sus corazones y destruyan sus vidas. Porque merecemos mucho más.


Carolina Oliva, 4ºESO

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