4.5.12

LAZARILLO EN NUEVA YORK


No tuve sitio mejor donde nacer que en un mugriento puesto de perritos calientes, en medio de Central Park. Mi madre siempre fue lenta para todo, menos para traerme al mundo un frío día de invierno de ¿1989? No dio tiempo ni para llamar al taxi que la llevaría al hospital. Aquella tarde, cuando estaba vendiendo un perrito caliente, tuvo un retortijón de barriga y, sorpresa, aparecí. Visto y no visto. Me envolvió en una manta y ¿sabéis qué hizo después? ¡Vender otro perrito caliente!
A mi padre nunca lo conocí; alguien me dijo que era un importante hombre de negocios, incluso que un tiempo fue el alcalde de Nueva York.
Pasé largas temporadas obsesionado con encontrar a ese señor tan importante y poder seguir sus pasos para aprender eso de los negocios, que hace a la gente tan rica e importante. Llegado el momento, me dedicaría a las finanzas; estaba decidido a ello. Y ese momento llegó. Cuando tenía catorce años, mi madre -cansada, vieja, gorda y comida por la artrosis- vendió el puesto de perritos calientes -conmigo dentro- al tío Sam, un anciano ciego, avaro e insoportable. Yo tenía que trabajar quince horas diarias por tan solo cinco dólares al día. Eso era esclavitud. En mi cabeza solo bullía un pensamiento: Finanzas, Finanzas y Finanzas; así, con mayúsculas.
Y decidido a hacer del pensamiento realidad, me lancé a la aventura. Central Park está lleno de turistas todo el año dispuestos a tomar un perrito caliente. ¡Esto es América! Yo les ofrecía un trato: un perrito caliente y una visita guiada por el Bronx, lugar que conocía como la palma de mi mano, a cambio del módico precio de 30 dólares más propina. Ellos aceptaban encantados... “¡Seguro que me parezco a mi padre!”, pensaba.
Cuando conseguí ahorrar lo suficiente, abandoné al viejo Sam pero no sin antes darle un escarmiento: apropiarme debidamente -no robar- de su caja de caudales, que contenía mi dinero, de mi trabajo.
¡Por fin era un hombre de negocios! Un futuro lleno de Finanzas aguardaba al gran Lázaro.


Clara Ortuñez Ledo, 3ºESO


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