29.4.12

LAZARILLAS DE AYER Y DE HOY


-Abuela, cuéntanos otra vez el cuento de “La princesa sin reino”, por favor…
-Si ya os lo tenéis que saber entero, ¿no?
-Bueno, sabes que nos gusta mucho, por favor…
-Si insistís… Todo empezó una sombría noche de noviembre del año 1925. Una pareja vagaba sola, perdida en la terrible nevada que había colapsado la ciudad. Ella, una joven de apenas treinta años, estaba a punto de dar a luz. Buscaban desesperadamente un hospital pero era demasiado tarde: ya la criatura luchaba por salir. En el primer portal que encontraron, una hermosa niña de cabellos rubios llegó al mundo. La felicidad de la pareja fue inmensa aunque también efímera, ya que, apenas minutos después de que hubiera nacido, María -así se llamaría la niña- perdió a su madre, que no pudo sobrevivir a las graves lesiones que se habían producido durante el parto.
María creció feliz junto a su padre, un obrero de ideas algo republicanas pero, siempre, con el vacío producido por la ausencia de su madre. A la edad de diez años, el feliz espejismo en que vivía se derrumbó al llegar a Madrid las primeras noticias sobre la rebelión en el Protectorado de Marruecos. En ese momento, comenzó la etapa más dura de su existencia. Su padre se quedó sin trabajo y perdieron la casa, por lo que tuvieron que marcharse de la ciudad para vivir en un campamento habilitado en la sierra de Guadarrama, lugar que, desgraciadamente, fue de los primeros en ser atacados y asediados por el ejército del general Varela, en 1936. El padre de María, miembro del Quinto Regimiento, fue asesinado un par de días después de la llegada de las tropas, por lo que la niña quedó huérfana. Tras esta nueva desgracia, el Estado la dejó, sin culpabilidad alguna, en la calle, el día exacto en que cumplía catorce años.
-¿Y la abandonaron? ¡Qué señores más malos! ¿Qué pasó luego?
-Pues que a partir de entonces, María tuvo que luchar día a día por sobrevivir, mendigando y pidiendo por las calles, junto a otros muchos que estaban en su misma situación. Pasado un año desde que se quedase en la más absoluta miseria, fue contratada en una casa solariega cercana al río Manzanares. Se levantaba de madrugada para limpiar, lavar, cocinar y, en definitiva, hacer lo que sus amos deseasen, recibiendo a cambio una buena reprimenda de vez en cuando. Esta situación continuó durante dos largos años hasta que un día, humillada e insultada por uno de los señores a los que servía, decidió abandonar la mansión e ir en busca de una mejor suerte.
Al poco tiempo de su partida, empezó a trabajar en la casa de un militar nacionalista, donde se dedicaba a cuidar de los hijos de la pareja, un niño y una niña de tres y cuatro años respectivamente que, a falta del cariño proporcionado por sus padres, encontraron en María a una hermana que les mimaba y les enseñaba a manejarse en la cruel época en la que les había tocado vivir. Mientras que pasaba todo el tiempo del mundo con los pequeños, el matrimonio era todo un misterio para ella, ya que el marido era huraño y reservado y la vanidosa y prepotente mujer, apenas paraba en casa preocupada por su imagen social más que por su familia. Cada noche, antes de dormir, recordaba a sus padres, se tumbaba sobre su roído colchón y pensaba, pensaba en una vida mejor en la que dejase de ser sirvienta para empezar a vivir.
Un día llegó un sobre certificado a la mansión y María, como siempre hacía, lo fue a dejar encima del escritorio de su patrón, pero esta vez no pudo evitar abrirlo al ver que el remitente no era otro que el general Varela. Poco faltó para que se desmayase al enterarse que el hombre del que era criada había sido el comandante de las tropas que aniquilaron al Quinto Regimiento, matando incluso a los prisioneros, matando a su padre. María sintió entonces que sería imposible para ella vivir si un ser tan despreciable seguía haciéndolo. Dispuesta a todo, a la mañana siguiente mientras hacía la compra de la casa, consiguió un frasquito de veneno y lo añadió a la cena del criminal. Al aparecer el cadáver, algunos de los hombres que trabajaban en el mercado la acusaron por haberla visto con un individuo sospechoso de traficar con artículos de estraperlo. Al darse cuenta de que estaba en peligro, huyó esa misma madrugada para salvar su vida, siguiendo los pasos de otros muchos que ya lo habían hecho antes...
-¿Y dónde fue?
-¿Dónde iba a ir, Pierre? Aquí, vino aquí a París. ¿A qué sí, abuelita Marie?
-Por supuesto, Claire. María, tras conseguir cruzar media España sin ser descubierta, llegó a París, donde conoció a Charles, un joven de ideas revolucionarias que le descubrió el lado bueno de la vida. Se enamoraron y, con el tiempo, se casaron.
-¿Y tuvieron hijos?
-Sí, tuvieron tres hijas preciosas, e incluso dos nietos listísimos, un niño y una niña.
-¡Como nosotros! –Dijo la niña.
-Sí, es verdad, igualitos a vosotros.
-¿Y…?
-¿Sí?
-Que me habría gustado conocer a esa princesa.
-Bueno, eso nunca se sabe. Y ahora, venga, a dormir, que ya es tarde.
-Buenas noches, abuela.
Mucho más cerca de lo que la niña cree, se encuentra su idolatrada princesa…
Pasan los años y la niña, ya mujer, se propone hacer realidad el deseo que sembró en su corazón el cuento que una vez le contó su abuela. Y así, decide mudarse a Madrid, donde estudiará Magisterio.
Una joven de unos treinta años vaga desconsolada, la han vuelto a trasladar. Ahora, que por fin se había acostumbrado a la rutina del instituto en el que había ejercido las últimas semanas. Desde hace un rato, Claire pasea su rabia por las calles ya familiares de la ciudad que soñó de niña. Y no tenía nada que ver con esta.
"Es la tercera vez en cinco meses, ¡la tercera! ¿Para esto tres años luchando con uñas y dientes por una oposición? No es justo y es que, la vida no es justa. Claire, ¡qué gran descubrimiento acabas de hacer! Desde luego… Bueno, voy a intentar olvidarlo aunque sea solo por unas horas. Llamaré a Eva y nos iremos a dar una vuelta, a ver si consigue levantarme un poco el ánimo. Pero ¿cómo voy a salir si no tengo ni para pagar el alquiler con la basura de sueldo que nos han dejado después de tanto recorte? Tendré que apretarme el cinturón otra vez, para variar…Además, con este frío es imposible estar de buen humor. Mmm… ¿Qué es esto? ¡Al fin algo de suerte! Has ido a parar al mejor lugar posible billetito. ¿Qué voy a hacer contigo? Esto tiene que ser una señal.”
-Deme un número para el sorteo de Navidad, gracias.
"Bueno, ya es suficiente por hoy. No tientes la suerte. A casita y a dormir.”
Es un apartamento ridículo a casi dos horas del centro. Una simple mirada al mobiliario nos muestra que el piso es de alquiler. Hace frío. Suena un despertador.
“¡Oh, no!  El primer día y ya llego tarde. Vamos, vamos, deprisa. ¡Leche, que me caigo! A ver, el maletín, las llaves… ¿Dónde estarán las malditas llaves? ¡Ah! Aquí estáis…”
El transporte público en Madrid sigue siendo más público que transporte. A nuestra protagonista, durante el largo trayecto, se le ocurren unas cuantas formas mejores de viajar. Y destinos mejores a los que ir. Sobre todo si las sábanas se han empeñado en que no te levantes.
-¡Buenos días!
-Llega usted tarde.
“¿Podría empezar peor? Este debe ser Don Puntualidad y me lo he tenido que encontrar. ¡Lo que me faltaba! ¿Qué se creerá?...”
-Lo siento, no conozco el centro y estoy un poco perdida.
-Ya veo, ya; esto en mis años no pasaba.
“Pues hijo, con el tiempo que ha pasado desde tus años, me extraña que te acuerdes.”
-Bueno, si no le importa, tengo prisa. Estoy buscando al director, adiós.
-Jovencita, el director soy yo: Alejandro Fernández, encantado.
“Estaba equivocada, sí que el día podía empeorar. ¡Ay, Dios! No me encuentro bien…”
-¡Hola dormilona! Menos mal que te has despertado. ¡Ya pensábamos que te ibas a quedar en la cama para siempre, jijiji!
 “¿Y esta graciosilla de dónde ha salido? ¿Y esta cama? ¿Dónde estoy?”
-Estás en el hospital, cariño. Llevas aquí desde el lunes pasado; te desmayaste y te diste un golpe muy fuerte en la cabeza… ¿Te acuerdas?
-¿Eva? Creo, creo que sí… ¿Qué día es hoy?
-Veintidós de diciembre. Voy a decir a tu familia que ya te has despertado. Dejo la tele puesta, ¿vale?
-¿Mi familia? Debes estar equivocada, ya sabes que mis padres viven en Pa … ¡Mamá, papá, abuela! ¿Qué hacéis aquí?
-¿Tanto te extraña que hayamos venido después de enterarnos de lo que te pasó?
- No, pero sé que no te gusta venir aquí después de lo que viviste…
- Ya, hija, pero en estos casos se hace una excepción, ¿no?
- Sí, sí, un momento abuela. ¿Qué están diciendo en la tele?
“…Los niños del Colegio San Idelfonso acaban de dar el gordo de la lotería de Navidad, y, siguiendo la rutina de los últimos años, este ha vuelto a caer en Madrid. Les dejamos el número en pantalla, retransmitiendo desde la sede de loterías y apuestas del Estado…”
“¿Dónde habré visto yo ese número? ¿Dónde habrán puesto mi cartera?”


Blanca Mesonero de la Cruz, 3ºESO

2 comentarios:

  1. Felicidades por este texto, Blanca y ánimo Néstor por este nuevo proyecto.

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  2. Una estupenda idea y unos excelentes colaboradores.

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