miércoles, 12 de diciembre de 2018

LA INTERJECCIÓN II

La interjección está situada al límite de la visión del Ojo de Sauron, en el lugar más remoto de la Comarca Lingüística, a punto de caer por el borde de la Tierra Media.



Miguel Prieto, 3ºESO

LA INTERJECCIÓN I

La interjección se encuentra al Norte de la Invernalia Lingüística, en lo alto del Muro, a punto de caer al otro lado donde la espera el Rey de la Noche con su ejército de caminantes para invadir el Poniente de las Lenguas y conquistar el Trono del Verbo.


Alba Nava, 3ºESO

ROBERTO POCHOPO


Una mañana lluviosa de un Viernes 13, dos alumnas del IES Gabriel y Galán sufrieron una experiencia fantasmagórica.
Mientras Esperanza, la profesora de Biología, les hablaba en clase sobre alimentación, una de ellas, de nombre Lucía, giró la cabeza hacia atrás encontrándose con una imagen espantadora. El armario situado al fondo del aula 203, en la esquina izquierda, estaba medio abierto y el interior se adivinaba totalmente oscuro. Atemorizada, avisó corriendo a su compañera Clara que, con gran asombro por lo que le acababa de contar Lucía, también miró hacia ese lugar. Y quedó aterrada. Después de estar pensando un buen rato, llegaron a la conclusión de que allí permanecía Roberto Pochopo, un muchacho que quince años atrás se atragantó comiendo altramuces en medio de una charla sobre cómo prevenir muertes absurdas. Y todos los presentes decidieron esconder el cuerpo en ese tenebroso rincón para evitar insidiosas investigaciones policiales.
Al finalizar la clase, cuando solo quedaban ellas dos en el aula, se apresuraron a abrir el armario descubriendo algo abominable: una sombra negra y gelatinosa tal y como deben ser las babas de un demonio, desapareció diluyéndose en el aire. Supieron así que el espíritu del pobre Pochopo habitaba desde entonces en el hueco de ataúd de ese lugar maldito y que, como era un pésimo electricista, actualmente se dedica a trastocar el molesto fluorescente que hay junto a su armario. Por cierto, no confundamos a nuestro fantasma con el Cachopo asturiano.

Clara Montero Acosta y Lucía Yuste Bermejo, 3ºESO

miércoles, 25 de abril de 2018

RELATO GANADOR EN LA MODALIDAD DE PROSA DE LA XL EDICIÓN DEL PREMIO LITERARIO "GERARDO ROVIRA"



DESIDIA

Una nube gris abrazó al rubio sol que, cohibido, dejó de sonreír a la calle. La vida pareció apagarse, los colores muertos creaban un ambiente tedioso… por eso aparecí. Mientras avanzaba, me crucé con varios abrigos andantes, con frías manos en sus bolsillos e inexpresivos humanos bajo las cremalleras. No podían verme, pero me notaban y padecían; tiendo a frecuentar estos egocéntricos seres. Mis mudas pisadas se arrastraban sobre el adoquinado, dejando lentas huellas.
En la carretera cantaban los motores, en vano orquestados por un desesperado guardia. Me detuve a observarlo con curiosidad. Su poblado bigote temblaba a cada pitido, pero ni siquiera los chillidos del silbato eran capaces de contener a la masa informe de impacientes vehículos. Sin darme cuenta (a veces la intriga me puede), me posé sobre él… y de inmediato sus brazos, que parecían las aspas de un descontrolado molino, abandonaron todo tipo de actividad enérgica. Tras dar un prolongado suspiro, el hombre decidió basar sus indicaciones en vagos movimientos de la mano, prácticamente imperceptibles para los enojados conductores. Al desagradable concierto que tenía lugar en la calzada, empezó a acompañarlo un coro de insultos, apenas audibles bajo los potentes pitidos de los coches.
Detesto esta clase de situaciones, tan intranquilas, caldeadas, bulliciosas… Allí no había nada que hacer, mi labor es otra. Me alejé calle abajo.
Vagué sin rumbo durante un tiempo completamente indefinido y solo me entretuve al divisar a una solitaria mujer acomodada en un banco. Su mirada estaba congelada en algún remoto lugar de la nada, pero vi con claridad el hilo de coloridos pensamientos que fluía de su sien, un largo tentáculo de destellos e ideas. Era la ocasión ideal para trabajar en lo mío; me aproximé a ella con cautela y acaricié su brazo con delicadeza. De inmediato se disipó la cadena de cavilaciones y un humo gris tomó forma, coronando su cabeza. Igual que mi víctima anterior, ésta suspiró, sin ganas. Cambió su posición perezosamente (su cuerpo ahora parecía de plomo), cruzando las piernas y apoyando la cabeza sobre los nudillos. Sus labios se curvaron en un puente de disconformidad, rebotando al suspirar de nuevo y visualicé cómo sus ojos se vaciaban y perdían expresividad.
Satisfecho con los resultados (ya que mi función en el mundo evita que el derroche energético humano se descontrole), seguí avanzando un rato más, durante el cual la imagen de la mujer se desdibujaba en mi memoria, se derretían sus facciones goteando charcos de olvido. Suelo olvidar a los humanos a los que visito; solo son relevantes hasta cierto punto.
La autopista que seguía, desembocaba en una pequeña parte de la ciudad que muchas veces había visitado. Rara vez era agujereada la tela de silencio que cubría esta zona, bordeada por viviendas de color blanco tiza, crema anaranjada y café suave. Paseé entre ellas, disfrutando de la apacible inactividad. Un único edificio difería de esa amena descripción; me paré a contemplar aquella esquelética formación de hierro y cemento: una serie de vigas, pilares y hormigón sobre la que ocupados obreros trabajaban. No me quise acercar mucho a ellos, pues si les arrebataba el entusiasmo con el que erguían la construcción no acabarían jamás. No obstante, cerca de allí, unos sugerentes candidatos me aguardaban. Fui en su busca, adentrándome en lo que parecían latas metálicas, dispuestas en series de dos. Al cruzar la entrada, apareció ante mí un pasillo con varias puertas grises a cada lado. Oí voces… Voces jóvenes, alborotando, y voces adultas, enseñando… o al menos intentándolo.
El azar me llevó hasta una de las pequeñas estancias y topé con un panorama digno de mención: no menos de treinta caras de incomprensión surcadas de ojeras, orientando sus pupilas hacia una pizarra teñida de tinta. Un humano adulto (de esos que se hacen llamar “profes”) con camisa a cuadros, hacía bailar el rotulador mientras acribillaba a los presentes con extrañas palabras.
Como de costumbre, pasé inadvertido. Me encaramé a un proyector que prendía del techo y, desde allí, mi desproporcionada sombra se cernió sobre los confusos muchachos.
Asombrosamente coordinados, compusieron una mueca de desinterés. Algunos incluso intentaron hacer avanzar las agujas del reloj con la mirada. Ahora el pobre hombre hablaba a las paredes.
Poco tardó el aula en llenarse de la intangible substancia que lleva mi nombre: ABURRIMIENTO.

Esther Martínez Cordovés, 3ºESO.
 IES José García Nieto, Las Rozas, Madrid.